La impaciencia del cojo

Mi vida apenas ha cambiado desde el cinco de marzo de 2018, Marcos. En el fondo, todo permanece igual. Algunos te dirán que no, que ando equivocado. Que te estoy mintiendo. Pero te aseguro que mi alma sigue tan fracturada como el suelo que se abrió bajo mis pies aquella noche. Aquella mañana. Aquella maldita jornada en la que se confunden las franjas horarias y que hoy me hace caminar con paso renqueante.

La impaciencia del cojo, una obra de Peti Collage
La impaciencia del cojo, una obra de Peti Collage

Disimulo la cojera cuando estoy en público, que ya está bien de dar pena. Es en la intimidad cuando arrastro mi pierna lastimada, no vaya a ser que de tanto apoyar la herida se infecte. No vaya a ser que de tanto fingir el dolor arrecie. No vaya a ser que el doctor decida que lo más conveniente es amputar. Y bien pensado, tal vez sería lo suyo. El mundo contemplaría mi extremidad cercenada y sabría que algo ha ocurrido; la humanidad se muestra más respetuosa con aquellos que padecen una dolencia manifiesta. Yo sólo quiero que la gente recuerde que tu muerte originó una tristeza que no se restaña.

Hace más frío desde que has muerto, Marcos. Te juro que hace más frío. Dicen que un manto níveo se extiende ya sobre la mitad del país. Imagino que debe cubrir las cumbres más elevadas de las serranías. Ya podría expandirse hasta el nivel del mar. Así podrías hallar el rastro delator que deja mi pierna mala: una estela que discurre en paralelo junto a una hilera de pisadas. La señal que te guiará para que puedas encontrarme. La huella que deberás seguir antes de que se desvanezca bajo un sol vertical. Te estaré esperando en cualquier lugar; no me importan las coordenadas mientras sean apartadas.

Mi paciencia antes inagotable se ha desintegrado. Se ha fundido como la nieve que se posa sobre esta España hedionda.

Quizá me refugie bajo un árbol. Un árbol como aquel que nos dio cobijo el día que nos conocimos. Un plátano que se alzará enhiesto sobre un pavimento virginal, con carámbanos a medio derretir adheridos a sus ramas. Jamás coincidimos tú y yo en una postal nevada. Por qué no íbamos a hacerlo ahora, cuando ya todo es demasiado tarde. Imposible en este plano. Que nuestra cita se celebre cuando haya cesado la nevisca y el sol empiece a trepar por un cielo descolorido. Aguardaré tu presencia bajo el ramaje del árbol que nos vio crecer, el mismo que este verano sobrevivió a un incendio y que sigue manteniéndose en pie. Estoico. Inmutable al paso del tiempo. Me plantaré en ese lugar que tan bien conoces, justo donde nos sentábamos de tarde en tarde para ver la luz del día languidecer y extinguirse tras las montañas.

Al menos así podré despedirme, que en su momento no pude. Por fin te contaré qué ha sido del mundo desde que moriste. Te diré que el planeta que dejaste no está hecho para mí, que me cuesta respirar en él. Que me procurabas un oxígeno familiar que ahora tengo que inventarme para subsistir. Que la sociedad sigue aplaudiendo a falsos ídolos y venerando a dioses que no existen. Que la Tierra sigue girando a un ritmo alborotado, a un compás dictado por los infames de siempre. Que el género humano toma derroteros infestados de fruslerías, que los valores que tanto amabas se desvirtúan como monedas añejas.

Todo sigue igual, Marcos. Quizá lo único que ha cambiado es que ya no aguanto ni media. Las memeces que antaño me resbalaban ahora me enfurecen, me exacerban hasta el punto de querer rasgar el aire para abrir una grieta y guarecerme en ella. Mi paciencia antes inagotable se ha desintegrado. Se ha fundido como la nieve que se posa sobre esta España hedionda. Tengo que admitirte que los trabajos me duran lo que un rayo en la noche. Que ya no soporto los liderazgos autocráticos ni acepto sueldos irrisorios. Que tu muerte me ha transfigurado en alguien que detesta perder el tiempo con personas de trampantojo y déspotas abyectos. Que ya no soy el de antes ni pretendo serlo.

Te comentaré también aquello que dicen sobre la vida, que se ve que continúa. Y es verdad: la historia prosigue y no se detiene para nadie. Pero cuando moriste tuve que pararme para meditar sobre mi propia existencia, sobre tu persona, sobre una amistad que parece perdurar a pesar de tu ausencia lacerante. He escrito páginas y páginas sobre nuestra relación con el transcurso de los meses, pensando que tal vez la transmisión de negro sobre blanco sería el puente que uniría nuestras dimensiones. Y así está siendo. Pocas cosas me producen más regocijo que la comunicación que logro establecer contigo cuando recuerdo. Escudriñar el pasado hasta dar con nuestra fecha fundacional me impele hacia adelante. Mirar atrás me hace avanzar en una paradoja que me propulsa, me escupe sobre este terreno ignoto.

Hago camino, Marcos. Tu presencia ausente me ha descubierto un sendero por el que transito con andar inseguro. Cojeando. Arrastrando mi pierna renca. Estoy rodeado de gente que me quiere. Pero tu muerte me ha privado de ti y de todo lo que me dabas. Me ha regalado a cambio la sensación irrebatible de la soledad y la incapacidad de saborear la grata compañía del resto. Me siento solo, me he vuelto un egoísta. Necesito verte al menos para decírtelo. Para poder despedirme de ti y sentarnos bajo ese árbol al que regreso todos los días.

Quiero volver a verte, rey. Entonces te relataré todo lo que me está pasando. Luego ya nos reiremos con nuestro gesto acostumbrado: a mandíbula batiente y palmeándonos las rodillas. Me río menos desde que no estás.

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Los autores

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Fliten es nuestro pequeño proyecto. Es el resultado de compartir vida con alguien que también alberga inquietudes creativas. Un espacio donde publicaremos lo que nos dé la gana sin rendir cuentas a nadie. Peti Collage es la artista que usa sus propias manos para elaborar imágenes imposibles. Joan Ramis es el redactor que escribe todos los artículos que pueblan este blog.