La presencia de la ausencia

Así como dejo sitio para el postre, mi psicóloga me recomendó que también dejara sitio para la presencia de la ausencia. Se ve que durante los últimos meses me he atiborrado de quehaceres, de actividades, de actos sociales varios. Me he empachado de todo aquello que me permite nadar a contracorriente casi con naturalidad. Como un salmón. Como un salmón que aletea río arriba para no despeñarse por el precipicio del año pasado.

La presencia de la ausencia, una obra de Peti Collage
La presencia de la ausencia, una obra de Peti Collage

Miro hacia abajo. La altura produce vahídos. 2018 es una escarpadura de relieves dentados que desciende hasta el averno; si caigo me zampa vivo. El año me tritura. Y la caída no sería limpia, qué va. Sería un trastabillar por las rocas hasta rodar por los cantos afilados de las piedras. Albergo la tentación de lanzarme, es lo que me pide el cuerpo y lo primero que pienso al despertar. Pero luego me digo que ni loco, me disuado a mí mismo. Prefiero ser salmón para llevarle la contraria a mis instintos.

La ausencia es mucho mayor que yo. Es un agujero negro que me secuestra para hacerme entender el significado del universo.

Soy salmón desde que despego los párpados por la mañana. Bueno, la verdad no es del todo así. Me transformo en pez tras unos segundos de dudas existenciales. Es justo antes de esa mutación cuando la ausencia arremete contra mi mundo con un ariete. Golpea el portón de esta catedral quebradiza que he construido para refugiarme. Para acogerme a sagrado. Aquí estoy a salvo, aquí nadie puede tocarme. No quiero que me toquen. Pero hay días en que la presencia ausente se abre paso por la nave central de esta basílica para encontrarme; por la mañana suele pillarme desprevenido. Encuentra una rendija estrecha entre los muros, se filtra por la hendidura gracias a su estado gaseoso. Por la mañana. Siempre. En el preciso instante en que hago la estatua sentado en la cama. La cabeza inclinada hacia el suelo, hacia mis zapatillas de abuelo. Así permanezco, inmóvil durante unos minutos sin apartar las pupilas de mis zapatillas, como si escondieran un misterio que trato de desentrañar sin éxito. Mis ojos clavados en las pantuflas mientras me invade una sensación abrumadora, agobiante, opresiva. No entiendo nada; la ausencia es mucho mayor que yo. Es un agujero negro que me secuestra para hacerme entender el significado del universo. Se expande, crece, me sofoca. Trato de concebirlo pero mi cabeza no da para tanto. Entonces aparece una bifurcación: quedarme en casa para dilucidar el enredo de la ausencia o calzarme las zapatillas y convertirme en salmón.

Según mi psicóloga, debería dedicarle más tiempo a la ausencia. Mi psicóloga sabe lo que dice. Mi psicóloga es sabia. Mi psicóloga es el Oráculo del Sur de La historia interminable. Yo le hago caso a mi psicóloga. De no ser por ella, ahora mismo estaría en un parque echando arroz a unas palomas que no existen. De ahí que me encomiende un ejercicio tan abstracto como el de entender la ausencia. Piensa en ella, me suelta. Su nombre ya no brilla en tu teléfono, su voz ya no reverbera en tus tímpanos. Resérvale un palco a la ausencia para que contemple el vodevil de tu desolación. El duelo jamás se completará del todo si no cumples con este apartado del contrato. ¿Lo ves? Te falta rellenar esta casilla de aquí con un check. Y lo estás haciendo muy bien, que conste. El disfraz de salmón te sienta de fábula. Tienes unas branquias formidables. Sin embargo, te pediría que de vez en cuando dejes de remontar el río; date el gustazo de descifrar el enigma de la ausencia.

Yo me vestía con mi piel antes del 1 de noviembre. Luego la colgué en una percha porque empezó a marchitarse.

El 1 de noviembre me forcé a salir a la calle pertrechado de armadura. Desde entonces, me la encajo todos los días. Una coraza resistente forjada en el fuego de la rutina. Es de acero bruñido y color anaranjado. Su textura recuerda a las escamas de un ser acuático; de las hombreras y el yelmo sobresalen unas aletas. La armadura es todo cuanto tengo para defenderme. Es mi catedral portátil. La llevo conmigo como un caracol carga con su casa. Creía haberme acostumbrado a su peso, a su insoportable incomodidad. Y no es así. La ausencia consigue colarse por su visera, por sus guardabrazos. La coraza de mis hábitos ya no me ayuda. Se desgasta con las continuas acometidas de esta presencia invisible. Debo dejar que la coraza repose de vez en cuando, debo ofrecerme una tregua de tanto remar en sentido contrario. Sé que la armadura es necesaria. Todos llevamos una. De salmón, de oso, de águila; el reino animal otorga un vestuario de lo más variopinto para que elijamos en función del lance. Aunque la desnudez del hombre es el traje que marginamos en el armario y con el que deberíamos enfrentarnos a la virulencia del mundo.

Yo me vestía con mi propia piel antes del 1 de noviembre. Luego la colgué en una percha porque empezó a marchitarse. Como la armadura, como la catedral, como el salmón. Todo se erosiona. No obstante, el 5 de marzo de 2018 tomé la sana determinación de hacer lo que me saliera de los cojones. Me puse tapones en los oídos, mandé el trabajo a tomar viento, socavé los cimientos de algunos convencionalismos culturales. Quemé protocolos, me meé en los manuales de instrucciones. De qué sirven. La sociedad espera que respetes las reglas, que sigas el camino de baldosas amarillas para hablar con el Mago de Oz. El puto Mago de Oz. Ese charlatán es un fraude; yo esa peli la he visto cientos de veces. Es una estafa que se esconde detrás de una cortina y que se marcha en globo aerostático a la primera de cambio. Por eso le dije que no a ese timo social y abrillanté mi piel. La expuse ante todos: este soy yo, señores. La gente se rasgó las vestiduras ante semejante escándalo. Al hacerlo, algunos se vieron en bolas y volvieron a taparse enseguida. No volví a hablar con ellos; maravilloso saneamiento espiritual. Jugué al Quién es quién y muy pocas fichas permanecieron en pie. Estaba flotando en la densidad de un humo negro que – menuda paradoja – me concedía un visión límpida de la existencia.

Me machaco, exorcizo mis demonios, me canso hasta la extenuación.

Ese humo constituye el infierno, y yo quise zambullirme en sus calderas para asarme el trasero. Es una experiencia que recomiendo encarecidamente; la vida tiene que degustarse desde todos sus ángulos. Y la vida, a ratos, también es un infierno que no debe orillarse. A mí me gusta conocerme; me interesa saber de qué pasta estoy hecho cuando los avatares del infortunio me aprietan los huevos. Estuve ocho meses haciendo de la ausencia una prioridad, estaba a la orden de mi día a día. Sin regodearme en la mierda ni relamerme las heridas, me ocupé de buscarle un lugar en mi conciencia. No lo conseguí. La miré a los ojos, le tuve un miedo atroz. Dormí con la luz de una lamparita encendida. Pedí que bajaran la temperatura del jacuzzi; mis nalgas se estaban escaldando con la jodida caldera. Fue a partir de ahí cuando me puse armadura. Me sirve de poco.

Llevo cuatro meses yendo a la biblioteca de lunes a viernes. Despierto, me calzo las pantuflas y me meto en la ducha. Me cubro con la coraza de salmón y nado a contracorriente, porque mi alma querría permanecer en la cama para aclarar dónde instalo la ausencia. En vez de hacerlo, eludo la cuestión. Escribo cinco horas al día por la mañana. Hago deporte casi cada tarde. Me machaco, exorcizo mis demonios, me canso hasta la extenuación. Y la presencia de la ausencia me pide, me reclama, me exige con todo el derecho que deponga las armas para alojarla en algún rincón de mi vida.

Y en esas estoy. Buscándole un sitio para poder convivir juntos.

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Fliten es nuestro pequeño proyecto. Es el resultado de compartir vida con alguien que también alberga inquietudes creativas. Un espacio donde publicaremos lo que nos dé la gana sin rendir cuentas a nadie. Peti Collage es la artista que usa sus propias manos para elaborar imágenes imposibles. Joan Ramis es el redactor que escribe todos los artículos que pueblan este blog.