Amor en blanco y negro

Tiendo a huir de las afirmaciones que ensalzan el amor por encima de todas las cosas. Qué pereza, de verdad. Que si el amor es el motor del mundo, que si el amor mueve montañas, que si el amor es el camino, que si el amor es el demonio, que si el amor está en el aire, que si el amor es el arquitecto del universo.

Amor en blanco y negro, una obra de Peti Collage
Amor en blanco y negro, una obra de Peti Collage

No veas con el amor, cómo la lía. Qué pesadez. Ubicuo, sempiterno, todopoderoso. Caigo de hinojos ante ti, oh, esencia omnipotente. Beberé de tu elixir si así gustas, fuerza sobrenatural. Estoy hasta el bálano de oír tu nombre, pero qué puedo hacer, si lo eres todo. Eres causa, acción y resultado. Eres nacimiento y muerte. Eres la cuerda que Cupido tensa en su arco dorado. Eres la romántica trayectoria que describe su disparo. Ay, amor. Si te metes una flecha por el culo, ¿acabarás enamorado de ti mismo como Narciso?

Y así podría seguir hasta que, poseído por un éxtasis delirante, me partiese por la mitad con el sonido de un beso. Demasiado azúcar para el cuerpo. Mis dos hemisferios reposarían sobre un lecho de pétalos en la perpetuidad de la noche.

Pero si dejo al margen las grandilocuencias que derivan del amor – generan en mí una hartura que rebasa toda lógica, ya lo veis -, debo reconocer que el temita le ha brindado a las artes material de primera clase. La de canciones, poemas y esculturas que se han cantado, recitado y esculpido en nombre del amor; no hay fuente de inspiración más prolífica. También el cine suele bañarse en este manantial tan fecundo. Parémonos a pensarlo un momento: ¿en cuántos personajes enamoradizos nos hemos reconocido al ver una película sensiblera? ¿En cuántas cintas hemos creído advertir el reflejo de nuestras propias relaciones? Seguro que en algunas, no me engañéis. Ahora no me vengáis con que sois de piedra. Tan sólo me escandalizaría si me dijerais que os habéis identificado con los protagonistas de Cold War, la última creación del polaco Pawel Pawlikowski. Un film de factura exquisita, de estética preciosista, de hermosa historia. Pero de protagonistas abocados a un trastorno incurable cuyo único antídoto es la propia destrucción. El amor desplegando su arista más espinosa. El amor tejiendo el consabido y doloroso relato del idilio imposible.

Las teclas del piano conjuntan con el color que ha utilizado Pawlikowski para fotografiar la película.

Cold War se asienta en la Polonia comunista de los años 50. Una nación que se movía a base de espasmos por culpa de los azotes de la Guerra Fría. En un país donde su población vivía encadenada bajo el yugo de un régimen autoritario, Pawlikowsi transmite el mítico mensaje de que el amor no entiende de barreras. Qué más dará que el contexto social donde nace un romance trate de oprimir a sus protagonistas. El amor sale victorioso. Siempre. Aunque el precio que deba pagarse sea más que oneroso. La trama central de Cold War arranca cuando un pianista llamado Wiktor – interpretado por un elegante Tomasz Kot –, es contratado por el Gobierno para dirigir un programa destinado a rescatar los valores de la patria mediante el folclore. Proselitismo soviético a partir de música y danza. Antes de emprender dicho programa, Wiktor necesita reclutar al grupo jóvenes que integrarán el proyecto. Y es durante esa búsqueda fatigosa de talentos, durante esas audiciones que buscan a los triunfitos de la época, cuando surge un diamante por pulir que recibe el nombre de Zula. Una piedra preciosa que atrae miradas como la miel a las abejas. Atractiva, voluptuosa. Una gema cuyos destellos relumbran ante los ojos de Wiktor, embelesado desde el primer contacto visual entre ambos. El flechazo ha traspasado la carne, bombea la sangre a otro compás. Las consecuencias de ese encuentro ya son irreversibles. Ella canta. Él toca. Y las teclas del piano conjuntan con el color que ha utilizado Pawlikowski para fotografiar la película: el blanco y negro de un amor mil veces contado, pero jamás tan bien cantado.

Me pongo tierno y no puedo evitarlo. Maldito seas, amor. Mis dedos saltan sobre el teclado siguiendo tus designios.

Sentí que me entrometía en la vida de sus personajes. De alguna manera, me inmiscuí en su privacidad sin pedir permiso.

Pawlikowsi vuelve a recurrir a la sobriedad de los grises – ya lo hizo en Ida (2013) – para que el Síndrome de Stendhal nos ataque en cada escena, en cada secuencia. La contemplación de sus planos es como detenerse ante un cuadro; ninguna galería podría alojar semejante exposición de hermosura. Asistir al espectáculo visual de esta historia es perderte por el interior de un museo. Porque de eso trata también la película: de enfatizar la transmisión del arte cuando el mundo se desmorona. El director viene a decirnos que la belleza existe en los sitios más ruinosos, que el amor puede celebrarse entre la podredumbre de la sociedad. Y se celebra de manera integral, abarcando todos los estadios que completan el proceso amoroso. Desde la combustión espontánea de los inicios hasta el deterioro que obstaculiza su continuidad. La guerra que se libra en el exterior no es la única que pone trabas en la relación; los conflictos internos de sus protagonistas son una bomba en la línea de flotación de la pareja.

Viendo la película, sentí que me entrometía en la vida de sus personajes. De alguna manera, me inmiscuí en su privacidad sin pedir permiso. Eso es lo que consigue el cine: te planta de sopetón en medio un conjunto de vidas extrañas, de lugares insólitos, de circunstancias lejanas, y en cuestión de poco tiempo – en caso de que la película esté bien contada – todo ese repertorio de elementos ajenos empieza a importarte. En Cold War, fui testimonio privilegiado de las idas y venidas de una pareja que se resiste a resquebrajarse. Me dejaron acompañarlos a un París – siempre París – en el que el folclore musical de Polonia se sustituye por los acordes de un jazz que proviene de allende los mares. Las fases sentimentales que atraviesan Wiktor y Zula son tan cambiantes como la evolución de la propia música. Veinte años son los que transcurren desde que empieza la película hasta que termina; Pawlikowski hace un uso magistral de la elipsis. Su cierre es uno de los más poéticos que he presenciado en mi vida. Porque ahí estuve yo. Junto a ellos. Siguiéndoles de cerca como si alguien me hubiese contratado para no perderles de vista. Un detective privado oculto en las esquinas, resguardado bajo soportales. El sombrero algo caído hacia delante, las solapas de la gabardina levantadas. Un voyeur que se regocija ante la postal de Wiktor y Zula amartelados en una Polonia descompuesta.

Será verdad, entonces, que el amor todo lo puede.

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Los autores

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Fliten es nuestro pequeño proyecto. Es el resultado de compartir vida con alguien que también alberga inquietudes creativas. Un espacio donde publicaremos lo que nos dé la gana sin rendir cuentas a nadie. Peti Collage es la artista que usa sus propias manos para elaborar imágenes imposibles. Joan Ramis es el redactor que escribe todos los artículos que pueblan este blog.