Historias de la BBC

Mi abuelo murió sin llevarme a pescar, y sé que eso le hacía una ilusión tremenda. El pobre dijo adiós al mundo algo pronto, habiendo logrado mucho, con buena parte del sendero ya recorrido. Dejó su impronta, desde luego. Pero esa promesa que un día me deslizó al oído se quedó en eso: en promesa.

Historias de la BBC, una obra de Peti Collage
Historias de la BBC, una obra de Peti Collage

Diez años tenía yo cuando asistí a su funeral; un mocoso sentado unas filas más atrás de lo que me correspondía por consanguineidad, protegido de las notas lúgubres del órgano, de la expresión cariacontecida de los míos. Ha pasado casi un cuarto de siglo desde aquel día, y el tiempo no ha conseguido deslustrar un recuerdo tan temprano.

Apenas pude disfrutar de él, las cosas como son. La primera década de mi vida fue un periodo articulado – y endulzado – mediante los juegos y el aprendizaje. Una época repleta de candidez. Tengo muy claro quiénes eran los actores principales de ese escenario untado de inocencia, y mi abuelo era uno de ellos. Su marcha prematura – al menos para mí – dejó una estela que, siendo yo un niño, me puse a seguir de manera inconsciente. Creo que siempre le he idealizado, siempre he querido parecerme a él.

El hombre era más ateo que Karl Marx y yo empeñado en adorarlo como si fuese Dios.

Resulta curioso cómo tendemos a poetizar a los que se han ido. De repente, nos disfrazamos de bardos con una facilidad pasmosa para componer numerosas elegías sobre aquellos que ya no están. Yo trato de ser realista a toda costa; divinizar lo terrenal suele provocarme urticaria. Pero reconozco que bajar al yayo del pedestal donde lo encumbré me cuesta horrores. Seguro que si pudiera levantar la cabeza, mostraría su disconformidad; el hombre era más ateo que Karl Marx y yo empeñado en adorarlo como si fuese Dios. No sé qué diría si supiera que le despedimos con una misa en una iglesia atestada de gente. Una iglesia que, ahora que lo pienso, en su exterior cuenta con una entrada cercada por unos muros descascarillados. En la parte inferior de uno de esos muros, tal vez sigue habiendo un agujero minúsculo que atraviesa todo su grosor, un hueco por el que yo lanzaba una pelotita que mi abuelo recibía desde el otro lado. Solía llevarme hasta ese lugar bien agarrado de su mano; su casa quedaba cerca. Puede que esa sea una de las reminiscencias más antiguas que almaceno en mi memoria.

Juraría que nunca le vi de mal humor. Daba igual la trastada que hiciese o el destrozo que causara; acostumbraba a envolverme en una sonrisa perenne que lucía con benevolencia. Me atrevería a decir – no sin una punzada de orgullo – que he heredado algunas de sus inquietudes intelectuales. Mi abuelo fue un hombre hecho a sí mismo. Una persona que estudió por su cuenta, que se sacó la maestría de electrónica – así la llamaban en aquellos tiempos – a distancia. Alguien que debía viajar a Madrid para examinarse tras haberse pelado los codos de tanto empollar. Ejerció de profesor durante toda su carrera en el Instituto Politécnico de Palma. Según me han comentado, sacaba a pasear por las aulas la mano dura que nunca le vi en su vida privada. No soportaba la vagancia. En sus clases, los holgazanes eran carne de severos rapapolvos. Tenía una habilidad asombrosa para descuartizar televisores; gustaba de fisgar en sus entresijos para comprender la estructura de sus circuitos. Los que me conocen sabrán que en eso no nos parecíamos en nada. En estos menesteres me considero muy torpe, no soy un manitas. Un rinoceronte me superaría en maña a la hora montar una estantería. Por otro lado, supo transmitirme su enorme interés por la cultura y las historias cuando yo era apenas un renacuajo. En mi imaginario, puedo representar a la perfección los momentos en que se sentaba conmigo con los pies junto al brasero. Sus gafas sobre el puente de la nariz, sus ojos siguiendo los párrafos de alguna rondalla, su voz amable guiándome a través del cuento. Creo que fue él quien despertó mi pasión por la ficción. Una tarea que después mi madre continuó sin darse cuenta.

Sacaba a relucir su faceta más tecnológica para sintonizar el noticiario de la BBC desde su radio.

Y si mi madre siguió con esa transmisión involuntaria de conocimientos, fue porque casi se crio en una sala de cine. Sus padres eran cinéfilos por naturaleza. No faltaban a sus tres citas semanales en el Augusta, Capitol o Avenida a no ser que alegaran causa mayor. Una afición que bien podría parangonarse con la debilidad que mi abuelo sentía por la literatura. Uno podía perderse entre las toneladas de libros que guardaba en su casa. Remarque, Bernanos, Hemingway, Russell. Consumía sabiduría como si la humanidad fuese a extinguirse; se la hubiese inyectado en vena de haber podido. En mi piso actual, conservo algunas novelas que adquirió en su día escritas en inglés. Tal cual: en inglés. El tipo sabía de la importancia de la lengua de sus ídolos y la aprendió de forma autodidacta. En su época. Con un par. A ver si algún día le echo redaños y leo ese David Copperfield de edición antiquísima que acumula polvo en una estantería que yo no he colgado.

Me resulta más fácil leer ese tocho en el idioma de Shakespeare que montar el maldito mueble.

En resumidas cuentas, podríamos decir que mi abuelo era alguien que se deleitaba con lo bueno que ofrece el mundo. Y digo el mundo porque creo que España se le quedó pequeña, sobre todo durante los años en que el Caudillo levantó empalizadas en las fronteras del país para aislarlo, cuando el NO-DO era la única fuente de información – sesgada, parcial, deshonesta – de la que poder tirar. En esa tesitura, mi abuelo sacaba a relucir su faceta más tecnológica para sintonizar el noticiario de la BBC desde su radio. Mi madre aún recuerda cómo el salón de su casa, en su infancia, se llenaba de vecinos congregados alrededor de un aparato que hablaba en lengua extranjera. Me gusta imaginar esa estampa. Supongo que en una era tan gris, la BBC se consideraba un producto exótico que añadía pinceladas de color para quien supiera captar su frecuencia. La mayoría de los oyentes reunidos en casa de mis abuelos no debían entender una mierda; mi yayo haría de intérprete. Pero eso era lo de menos. En esos días, a la gente le reconfortaba saber que el resto del planeta seguía girando. Era una señal – y nunca mejor dicho – esperanzadora. Galvanizaba sus ánimos.

Alguien me dijo una vez que mi yayo, en la actualidad, sería toda una eminencia.

Aunque la BBC no era lo único que podía escucharse en casa de mi abuelo. El hombre también cultivó un gusto innegable por la música clásica. Los rusos eran los que más le inflamaban el corazón. No era raro, pues nació en el año de la revolución. Tchaikovsky, Korsakov, Rachmaninov. No le cerraba puertas a casi nada ni nadie, por eso la canción popular norteamericana – su otra predilección como melómano – ocupaba otro espacio relevante en sus preferencias musicales: Cole Porter, Nat King Cole, Frank Sinatra, Benny Goodman. Sin embargo, era la Rhapsody in Blue de George Gershwin la pieza que más le tocaba la patata. Esa combinación de elementos clásicos trenzados con compases de jazz le conmovía profundamente.

Alguien me dijo una vez que mi yayo, en la actualidad, sería toda una eminencia. Yo no sé si eso es cierto. Sólo sé que, entre otras muchas cosas, sembró unos naranjos en su jardín para poder hincarle el diente a su fruta favorita. Sólo sé que me dejaba rascar el poso de su café con una cuchara para llevarme restos de azúcar a la boca. Sólo sé que se compró un bote muy pequeño. Blanco, con la madera desportillada. Una embarcación modesta desde la que lanzaba el sedal en medio de un mar centelleante. Sólo sé que consiguió muchas cosas, y que la muerte le impidió cumplir su última promesa.

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Los autores

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Fliten es nuestro pequeño proyecto. Es el resultado de compartir vida con alguien que también alberga inquietudes creativas. Un espacio donde publicaremos lo que nos dé la gana sin rendir cuentas a nadie. Peti Collage es la artista que usa sus propias manos para elaborar imágenes imposibles. Joan Ramis es el redactor que escribe todos los artículos que pueblan este blog.