Con pelucas y a lo loco

El nuevo Buñuel. El nuevo Kubrick. El nuevo Tarkovsky. Parece inevitable escupir comparaciones odiosas cuando un autor pide pista para que despegue su carrera. Esa dichosa necesidad de hurgar en el baúl de los recuerdos para dar con la supuesta mecha, el maldito germen, la puñetera génesis. Desempolvemos al padre creativo de este flamante contador de historias genuinas; por fuerza tiene que haber uno. ¿De dónde ha salido, sino? Este tipo está destinado a continuar el legado artístico de aquel que se fue al otro barrio.

Con pelucas y a lo loco, una obra de Peti Collage
Con pelucas y a lo loco, una obra de Peti Collage

La estúpida obsesión del relevo interminable. Es como si nuestra condición natural se negara a asumir la desaparición de los genios – esa especie en peligro de extinción – para creer con fervor en su reencarnación. Será que añoramos las dotes de aquellos que se fueron, será que echamos de menos su estilo. Será que ahora todos abrazamos el budismo. No lo sé. Pero está más claro que el agua polinesia que nadie se zafa de las equiparaciones.

Ni siquiera se libra de la comparativa un director tan singular como Yorgos Lanthimos, realizador de extraña raza canina que se ha instalado, por méritos propios y según mis gustos, en uno de los espacios más interesantes del panorama cinematográfico mundial.

Debo rendirme ante Lanthimos cuando quiero que alguien me explique, a través del celuloide, cómo se comporta nuestra mente.

Ha sido el visionado de La favorita el que me ha empujado a escribir este artículo. En el momento en que una película me vuela la cabeza en mil pedazos, no me queda otra que recoger el estropicio causado por la cinta. Y no es que sea una tarea agradable, la verdad; juntar los fragmentos de un cerebro reventado es una labor, cuando menos, repulsiva. Pero también acaba siendo instructiva. Uno aprende mucho montando puzles. Por eso mismo, cuando consigo encajar las piezas desparramadas de mis sesos, logro descifrar el significado de cualquier film. O al menos eso creo. La anatomía, a fin de cuentas, también puede ser ilustrativa. Aún así, debo rendirme ante Lanthimos cuando quiero que alguien me explique, a través del celuloide, cómo se comporta nuestra mente. Cómo se articula la psique humana. Este griego es considerado como una verdadera institución en el análisis de la conducta de las personas; pocos le igualan en semejante labor.

Veamos por qué.

En su última película, el ateniense sitúa al espectador en un ambiente de época perfectamente localizable en los anales de la historia. Hago hincapié en lo de “perfectamente localizable” porque si reviso su filmografía – Canino, Langosta, El sacrificio de un ciervo sagrado – me doy cuenta de que sus obras no suelen estar basadas en sucesos reales. Y casi me alegro de que así sea. Imaginad por un instante que los progenitores de una familia adinerada exigieran a sus hijos mantener relaciones sexuales entre ellos. Monstruoso. Abominable. Pensad por un segundo lo que ocurriría si todos los solteros que habitan el globo, por el simple hecho de permanecer célibes, fueran sentenciados a convertirse en animales. Demencial. Inconcebible. ¿Cómo no han encerrado a Lanthimos en un manicomio? ¿Cuánto tardarán en ajustarle una camisa de fuerza? ¿Por qué no le han privado de la luz del sol? Bueno. Tal vez porque sus ideas, a priori disparatadas, están representadas con una pátina de realismo traducida en metáfora. Críticas sociales tremendamente alegóricas. La hipérbole como estandarte para explotar seseras. ¡BOOM! Ni siquiera cuando debe ceñirse a los parámetros cortesanos que imperaban en la alta nobleza del siglo XVIII, Lanthimos es capaz de renunciar a su propio sello. Propio sello, sí. Sin que nadie se le parezca. Huyamos del reemplazo generacional entre directores, por favor. Lo que decía al principio.

A Lanthimos ya pueden embutirlo en corsés dieciochescos, que jamás traicionará su estilo; ya pueden crearle un guion que él no ha escrito, que seguirá imprimiendo su huella; ya pueden obligarle a gestionar un rodaje estelar, que no se amilanará ante los egos. La favorita ha cosechado ya numerosos premios en Venecia, en los Globos de oro y en los BAFTA. Aspira a llevarse 10 Oscars en la ceremonia que se celebra la semana que viene. Unas candidaturas que le llegan tras haber dado a luz su obra más convencional. Aunque pensándolo bien, ¿es eso cierto?

Yorgos se adueña de un guion que desfiló por mil despachos durante años para hacerlo suyo.

Si nos fijamos en su argumento, veremos que el relato se centra en la figura de Ana Estuardo. La última monarca de su linaje que a su vez fue la primera reina de Gran Bretaña tras unir Inglaterra con Escocia. Una gesta histórica que – ironías de la vida – no le bastó para que su reinado fuese el más recordado. De su mandato sólo se destacan los diecisiete hijos que perdió, la gota galopante que tanto padecía y su amor hacia los conejos. Eso es: los conejos. Diecisiete llegó a comprarse, uno por cada vástago perecido. Un personaje cuyas tragedias personales se adivinan como terreno abonado para que Lanthimos haga de las suyas; la de barreños que llegó a inundar de babas mientras leía su biografía. Pero la cosa no termina aquí. Qué va. Alrededor de esta alma en pena revoloteaban un par de entidades maquiavélicas dispuestas a manipularla. Titiriteros malignos; los Strómbolis de turno. En el caso que nos ocupa, estos Pepitos Grillos sin escrúpulos eran la duquesa Sarah Churchill – íntima amiga de la soberana – y Abigail Hill – cortesana venida a menos -, que durante toda la peli tratarán de ganarse el favor de Ana para convertirse en su favorita.

A partir de aquí, Yorgos se adueña de un guion que desfiló por mil despachos durante años para hacerlo suyo. Es capaz de transformar a tres personajes con ambiciones poderosas en seres primitivos, en pequeñas bestias patéticas que no controlan las circunstancias en que viven. Una reina frágil, enferma y aniñada que trastabilla por un palacio que no conoce. Dos arpías ladinas que se frotan las manos ante el desamparo de la monarca, que se abren paso sin miedo en un mundo dominado por los hombres. A medida que avanzan las tramas, descubrimos cómo el film coquetea con la comedia y el drama. Nos damos cuenta de cómo lo absurdo y lo grotesco acaban por ser desasosegantes. Un festival de emociones y locuras desatado en la suntuosidad de una corte donde caben lanzamientos de naranjas, carreras de patos y bailes extravagantes. La realeza siempre blindada del mundo exterior, bien alejada de la guerra mantenida con Francia. Estamos ante una obra que no rezuma ese aroma apolillado que se desprende de algunas cintas de época. Tal y como dijo Rachel Weisz – compañera de reparto de Olivia Colman (hablamos de ella en nuestro artículo sobre The Crown) y Emma Stone – la historia viene a ser una especie de Eva al desnudo. Eso sí, una Eva al desnudo transportada al barroquismo del siglo XVIII, filmada valiéndose de ojos de pez y grandes angulares. Enfocada desde otra óptica, es cierto. Pero demostrando que la conducta humana sigue siendo la misma; no permuta por mucho que pase el tiempo.

Y ojalá que tampoco cambie Lanthimos, porque no habrá otro que recoja su testigo.

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Los autores

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Fliten es nuestro pequeño proyecto. Es el resultado de compartir vida con alguien que también alberga inquietudes creativas. Un espacio donde publicaremos lo que nos dé la gana sin rendir cuentas a nadie. Peti Collage es la artista que usa sus propias manos para elaborar imágenes imposibles. Joan Ramis es el redactor que escribe todos los artículos que pueblan este blog.