Frío en el desierto

Era un Toyota, estoy seguro de que el jeep era un Toyota.

En aquella época, solía fijarme en todos los vehículos que captaban mis retinas porque en casa nos compramos un coche nuevo. Nunca he sentido el más mínimo interés por el automovilismo, pero a la sazón, a tenor de la última adquisición aparcada en mi garaje, me dio por memorizar logos, formas, acabados.

Frío en el desierto, una obra de Peti Collage
Frío en el desierto, una obra de Peti Collage

Recuerdo que cuando subía la cuesta que llevaba a mi colegio, me entretenía con un estúpido juego que consistía en adivinar el modelo de cada turismo estacionado junto a la acera. Debía reconocerlo antes de que mis ojos leyeran las marcas grabadas en esos culos metálicos. Así me divertía por las calles de Palma antes de agachar la cabeza durante siete horas en clase. Pero al agachar la cabeza para entrar en ese jeep, supe que me hallaba muy lejos de Mallorca.

El coche era un Toyota. El conductor era un magrebí.

Una de las pocas ocasiones en que el chófer habló, fue para decir algo así como yo salir cárcel.

Miré por la ventanilla para dar fe de que el cielo nocturno, en el desierto, es el techo de la habitación de un niño. Alguien le había dado al interruptor para que miríadas de pegatinas fluorescentes, con motivos astronómicos, resplandecieran hasta la mañana siguiente. El motor del vehículo rugió, las ruedas derraparon. Observé por la luna trasera cómo el minúsculo aeropuerto se iba empequeñeciendo entre la polvareda. Estábamos en marcha. Me volví hacia el retrovisor del conductor, que aún siendo de noche, se había encasquetado unas gafas de sol a juego con un turbante negro calado hasta las cejas. La barba rala, la tez aceitunada. Los labios siempre fruncidos para ofrecer una dentadura ahuecada las raras veces que abría la boca; una cueva con estalactitas que se alargaban sin orden ni concierto. Una de las pocas ocasiones en que el chófer habló, fue para decir algo así como yo salir cárcel.

Perfecto. Todo iba según lo previsto.

Nuestro Toyota enfiló una estrecha carretera que era el preámbulo de las infraestructuras que nos aguardaban. Un tramo infestado de baches y socavones que sacó a nuestro jeep a bailar. Bamboleos, sacudidas, temblores. Un 7,5 en la escala de Richter. Era como viajar en el interior de una coctelera polvorienta sobre ruedas. Nuestro conductor se afanaba en licuarnos en esa travesía hacia los campamentos de refugiados de los saharauis, un viaje a ninguna parte que marcaría mi existencia con hierro candente. Acababa de cumplir quince años; no era más que un niñato barbilampiño a punto de concluir la secundaria. Por aquel entonces, ya había empezado a saborear algunos placeres mundanos: había descubierto que una película puede quedarse a vivir en tu cabeza  – En el nombre del padre, La lista de Schindler, El cazador – y sabía que la literatura me ayudaba a combatir mi neurosis de adolescente – El diario de Ana Frank, Rebeca, Éxodo; había encontrado en las borracheras de calimocho un refugio para la risa tonta y era consciente de que retozar con chicas – escasísimas chicas – encendía un ridículo orgullo varonil que se apagaba al instante. Sin embargo, ¿cómo iba a saber yo que todas esas experiencias iban a palidecer al lado de esta odisea? Muy hombre me creía mientras la caravana de la que formábamos parte se internaba en Tinduf, una ciudad argelina dejada de la mano de Allah, ubicada justo donde Mahoma perdió la alpargata. Mi hombría empezó a derretirse como un muñeco de nieve al ver laberintos de callejuelas oscuras, jaurías de perros olisqueando entre el lodo, miradas desconfiadas que rayaban con la hostilidad. ¿Dónde diablos nos habíamos metido? ¿Quién era el conductor del que sólo sabíamos que yo salir cárcel?

Mierda puta. Voy a tratar de adivinar las marcas de esos coches desvencijados de ahí. Los que están aparcados frente a las chabolas. Claro que sí. Voy a jugar un rato, que ya soy un hombre.

En el interior del vehículo, podía escuchar el bombardeo de la aviación marroquí sobre la población civil que partió hacia el exilio en 1976.

A pesar de no haber leído aún a Yasmina Khadra, ya me habían comentado que algunas ciudades argelinas eran cunas de terrorismo en el norte del Sahel. Avisperos que convenía no agitar. Por eso me sentí aliviado cuando el jeep dio un volantazo para abandonar la calzada y adentrarse en la negrura del desierto. En pleno Sahara, ni más ni menos. Al dar ese viraje tan brusco, pasamos a ocupar la última posición de la comitiva de vehículos que avanzaba a través de la arena; nadie circulaba a nuestra espalda. El ex convicto de nuestro chófer introdujo un casete en la ranura del reproductor y el cántico de una mujer, acompañado de un laúd y un darbuka, se elevó por encima del traqueteo. Creo que fue mi madre la que se agarró al reposacabezas que tenía delante con ambas manos, se inclinó hacia el conductor y le preguntó – buena pregunta, mamá – cómo conocía el camino si en aquel momento no se veía un carajo. Como respuesta, el hombre señaló las estrellas que punteaban la noche. Claro, los saharauis son un pueblo nómada que sabe guiarse a partir de los astros.

Tal vez ese fue el método que utilizaron las más de 40.000 personas que huyeron de su hogar hacia la frontera con Argelia. La historia sí la conocía, al menos la superficie; me empapé de información antes del viaje para saber a qué atenerme. El jeep seguía trotando sobre la arena – lo haría durante dos horas antes de alcanzar su destino – mientras mi imaginación dibujaba un espectáculo desolador: miles de personas caminando a través de la hamada hasta la región de Tinduf, sin apenas pertenencias, forzados a empezar otra vida en una región inhóspita. Las argucias de Hassan II para reclamar unos derechos de soberanía inexistentes tras la astuta «Marcha Verde», la repugnante participación de Mauritania en todo el proceso – aunque luego renunciaría a su parte del pastel – y sobre todo la connivencia de una España que se deshizo de su antigua colonia. Miró hacia otro lado, se lavó las manos y desatendió sus responsabilidades como potencia colonizadora.

Cuarenta años han pasado y las heridas aún no se han restañado. En el interior del vehículo, podía escuchar el bombardeo de la aviación marroquí sobre la población civil que partió hacia el exilio en 1976. El napalm y el fósforo blanco mancharon el desierto de rojo; más de 3000 saharauis fueron asesinados en 48 horas. El estruendo de las explosiones se mezcló con la melodía que escupía el loro del vehículo. El volumen del estrépito fue subiendo en mi cabeza, la coctelera se meneaba con violencia, me golpeé la frente con la ventanilla. Mi mente se convirtió en un pandemónium hasta que, de repente, se hizo el silencio. Cesó la música, se detuvo el Toyota, nos atrapó el frío de la noche. Los neumáticos del camión que teníamos delante habían quedado sepultados bajo la arena. Tuvimos que parar. Los faros de nuestro jeep eran el único haz de luz en esa parte del mundo.

De vez en cuando, suelo volver a ese silencio; no he podido olvidarlo porque me sobrecogió demasiado. Un océano  árido y sombrío sumido en el más absoluto mutismo. La insignificancia de un quinceañero ante la inmensidad desértica.

El culo del camión estaba iluminado por nuestros focos. Intenté leer el nombre del modelo.

No logro recordarlo.

Leave a reply:

Your email address will not be published.

Site Footer

Sliding Sidebar

Los autores

Los autores

Fliten es nuestro pequeño proyecto. Es el resultado de compartir vida con alguien que también alberga inquietudes creativas. Un espacio donde publicaremos lo que nos dé la gana sin rendir cuentas a nadie. Peti Collage es la artista que usa sus propias manos para elaborar imágenes imposibles. Joan Ramis es el redactor que escribe todos los artículos que pueblan este blog.