De chalecos y guillotinas

Emmanuel Macron está palpando las paredes de Elíseo en busca de algún pasadizo secreto. Golpea muros con sus nudillos, engancha la oreja a tabiques, escudriña detrás de los cuadros. Todos los días igual. Cuando ha despachado los asuntos de estado que tanto le acorralan, exige a todos sus ministros que abandonen el palacio para dejarlo a solas. Si son tan amables, necesito meditar unas cosas. Él mismo los guía hasta la salida de la sede de la Presidencia. Sostiene la puerta, estrecha manos y despide con prisa.

De chalecos y guillotinas, una obra de Peti Collage
De chalecos y guillotinas, una obra de Peti Collage

Con prisa, pero no a la francesa. Educación y modales ante todo, por favor. Aunque sólo sirvan como fachada para encubrir sus propios demonios. Los miedos afloran en el momento en que el último coche oficial cruza la verja de su fortaleza. Entonces se afloja el nudo de la corbata, el sudor perla su frente y arroja la chaqueta sobre una butaca.

Sacrebleu! Tengo que pirarme de aquí.

Él sigue a lo suyo: tanteando todas las habitaciones del Elíseo por si halla una puerta trasera.

A la población le falta poco para levantarse en armas contra su líder; Francia es ahora un polvorín con dinamita suficiente para provocar otro Big Bang. El amarillo de los chalecos es demasiado chillón como para hacerse el sueco. El presi no se siente seguro ni siquiera al abrigo que procura su residencia; los bastiones dejan de ser inexpugnables cuando el pueblo toma las calles. Por eso mismo, en la intimidad de su humilde morada, el jefe de la República es un manojo de nervios que se agarra a rumores inciertos. Aquellos que afirman que en el Elíseo existen compuertas camufladas entre un mobiliario que data de tiempos remotos. Bueno, de remotos nada. Después del cambio de look que los Macron desean para modernizar su castillo – unas remodelaciones faraónicas que ascienden a los 100 millones de euros –, la decoración del Elíseo será cualquier cosa menos antigua. Pero al presidente eso ya no le importa. Está demasiado agitado para ocuparse de las menudencias que traen de cabeza a su esposa. Él sigue a lo suyo: tanteando todas las habitaciones del Elíseo por si halla una puerta trasera, una vía de escape para batirse en retirada sin que el populacho lo note.

Una despedida a la francesa, al fin y al cabo.

Se arrodilla junto a su colchón, levanta la esquina del edredón que cuelga de la cama y reza para descubrir el anhelado túnel.

En virtud del humo de las barricadas y de las soflamas contra su nombre, Macron ve en esa fuga la solución perfecta para erradicar el insomnio que tanto le aqueja. Mientras gatea por el suelo del palacio fisgando por debajo de las alfombras – si levantara la patita parecería un sabueso desesperado –, en su imaginación acaricia la idea de poner pies en polvorosa como el ungüento que apaciguará sus males. El bálsamo que borrará de un plumazo a la multitud enardecida que, más pronto que tarde, rodeará los límites de su casa. En eso piensa cuando se arrodilla junto a su colchón, levanta la esquina del edredón que cuelga de la cama y reza para descubrir el anhelado túnel. La condenada salida tiene que estar debajo del somier. ¿Cómo no lo habré pensado antes? Seré idiota. Es en ese preciso instante cuando entra la primera dama de Francia tocándose el lóbulo de la oreja.

– Mi amor, ¿por casualidad no estarás buscando mi pendiente?

El presidente da un respingo como si le hubieran pellizcado el culo. La boca entreabierta.

– No.

– ¿Entonces? ¿Qué haces?

La frase salta de su boca como una rana.

– Vamos a morir y estoy buscando la salida que nos ayude a escapar para salvar el pellejo.

– ¿Qué?

– Vamos a morir y estoy buscando la salida que nos ayude a…

– Te he entendido perfectamente, pero no doy crédito. ¿Quieres que te pillen para marcarte un Luis XVI o qué te pasa?

La pregunta de Brigitte – así se llama la pareja de Emmanuel para quien no lo sepa – es un hechizo que los hace viajar hasta 1791. De súbito, la cónyuge del presidente muta su aspecto para convertirse en María Antonieta. Sentada dentro del carruaje que se tambalea de regreso a París, la mirada desdeñosa dirigida a los soldados y ciudadanos que los escoltan para ser ajusticiados. Los cascos de los caballos como único sonido audible en medio de un silencio que lo dice todo. Ataviada con un vestido gris que de nada ha servido para no levantar sospechas. La melena suelta en lugar de la peluca que suele empolvar con harina cuando el pueblo no tiene ni pan. De esta guisa va engalanada María Antonieta, que de vez en cuando mira a su marido con ojos de reproche. Luis, por su parte, hace acopio de fuerzas para mostrarse sereno. Desenmascararon su identidad anoche en Varènnes, justo donde la frontera linda con lo que hoy es Bélgica. Se las prometían felices y la cagaron en el último suspiro. Ups, mierda. Ahora toda la rabia de Robespierre y sus acólitos jacobinos caerá sobre mi cabeza, piensa el rey.

Su cabeza, piensa también Macron. La que rodó sobre el cadalso instalado en la plaza de la Concordia después de que el vulgo escuchara el silbido de la guillotina. ¡ZAS! Hasta luego, Luisito. Emmanuel se lleva una mano lívida al cuello. Brigitte chasquea los dedos para llamar su atención. Consigue sacarlo de su ensimismamiento.

– ¡Manu! ¿Qué te ocurre? Parece que has visto un fantasma.

– Puede que sí.

– ¿Y bien? ¿Me ayudarás a buscar el pendiente? ¿O vas a seguir cediendo ante la plebe como lo hiciste con el impuesto de los carburantes?

Seguir cediendo mis cojones, se dice a sí mismo Macron.

– ¿Cómo es el pendiente, querida?

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Los autores

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Fliten es nuestro pequeño proyecto. Es el resultado de compartir vida con alguien que también alberga inquietudes creativas. Un espacio donde publicaremos lo que nos dé la gana sin rendir cuentas a nadie. Peti Collage es la artista que usa sus propias manos para elaborar imágenes imposibles. Joan Ramis es el redactor que escribe todos los artículos que pueblan este blog.