Iglesias y Errejón: el orgasmo fingido

La puñalada del mejor amigo, esa es la que más duele. En una traición tan pérfida, poco importan la profundidad del corte o el filo de la hoja. Es en el autor de la estocada donde radica un daño que, a veces, puede resultar mortal. Nada hiere tanto como la deslealtad del más querido de entre los elegidos.

Iglesias y Errejón: el orgasmo fingido, una obra de Peti Collage
Iglesias y Errejón: el orgasmo fingido, una obra de Peti Collage

Y es justo ese poder de elección, ese libre albedrío para designar al favorito de nuestro clan, el causante de que la herida llegue a alcanzar un grado crónico. Pasa el tiempo, transcurren los años, y el recuerdo de lo que fuiste porque yo así lo decidí añade sal a una llaga que sigue supurando. No eres aquel familiar con el que me toca lidiar por caprichos del dichoso azar; tampoco eres aquella pareja por la que debo hacer serias concesiones si la quiero conservar. No. Tú eres – eras – otra cosa. Contigo todo era sencillo, transparente, y ahora cuando busco tu hombro sólo encuentro tu espalda. Esa unión que podría haber sido inquebrantable se ha ido al traste por desavenencias que – digo yo, no sé – deberían relegarse a un segundo plano. La política ha dibujado un panorama demasiado tentador como para dejarlo escapar. Al final, la ambición y el orgullo han empañado nuestra amistad. Aunque puede que lo nuestro nunca fuese amistad. Tal vez así quisiéramos creerlo porque la imagen que ofrecíamos era esa, la de dos camaradas de partido cuya relación estaba cimentada sobre unas bases nobles. Aquellas que tienen que ver con el desinterés y el afecto. Pero la realidad siempre fue otra; la realidad estuvo siempre ligada a una vanidad personal que, en definitiva, no hemos podido contener.

Enfrentemos los hechos: hemos sido más falsos que un orgasmo fingido.

Ese rechazo originó una grieta que se fue ampliando hasta convertirse en cañón.

La ruptura entre Iglesias y Errejón se veía venir desde tiempos inmemoriales. No hace falta ser analista político – yo puedo ser cualquier cosa menos eso – para reparar en que ese vínculo llevaba agonizando desde diciembre de 2015, más o menos. Si le tomo el pulso al tándem, me doy cuenta cuenta de que sus constantes vitales empezaron a debilitarse cuando Íñigo le dijo a Pablo que debían apoyar a Sánchez en su investidura para derrocar a Rajoy. Pero el jefe declinó la propuesta, y ese rechazo originó una grieta que se fue ampliando hasta convertirse en cañón. Iglesias no se contentaba con sumar alianzas para acabar con la corrupción a favor de un gobierno socialista. No. Iglesias aspiraba a una coalición en la que él pudiera ostentar el cargo de vicepresidente. Luego se vino arriba. Muy arriba. El tío se flipó tanto que pensó que en futuras elecciones podría dar el sonado sorpasso al PSOE. El resto es sabido por todos.

Adiós al sorpasso. Adiós a casi un millón de votos. Y Errejón más cabreado que una mona enjaulada.

– Pablo, te lo dije. Te lo dije, te lo dije y te lo dije. Ya te avisé de que teníamos…

– ¿Cómo?

– Pues que hagas el favor de recordar cuando…

– ¿Qué? ¡Es que no te oigo!

– ¿Cómo que no me oyes?

– ¡Es como si estuvieras muy lejos, Íñigo! ¿Hola?

– Pero si estamos sentados uno al lado del otro, coño. Mira a tu derecha.

La grieta. El jodido cañón. La puta inmensidad entre ambos. Una distancia que ya no pudo acortarse por más que lo intentaran. Las discrepancias se exacerbaron en el Consejo Ciudadano de Vistalegre II, cuando el partido tuvo que elegir nuevo secretario general y el número dos, la mano derecha, el cerebro en la sombra, llamó a filas a sus correligionarios para librar una guerra encarnizada entre tirios y troyanos. ¿El resultado? Íñigo perdió por goleada en ese duelo fratricida, y por ello fue condenado al ostracismo; nadie se va de rositas cuando ha intentado arrebatarle el puesto al patrón. Errejón fue desterrado a la política autonómica de Madrid, despojado de toda influencia a nivel nacional, obligado a contemplar el cogote del líder desde su nuevo puesto en el hemiciclo. Debieron ser incontables las veces que tuvo que reprimirse para no darle un buen tirón a esa coleta. Me meo de risa al recrear ese momento en mi mente: Pablo se pone de pie para echar su bilis sobre cualquier inepto del PP. Todo el Congreso pendiente de su discurso. En medio de su oratoria, Errejón no aguanta más y lo agarra del pelo tirando hacia atrás, como si se tratara de la crin de un caballo. Iglesias se encabrita.

– Íñigo, ya.

– Ha sido Garzón.

Sólo tendré que amolar el arma antes de acostarme, me aseguraré de que su punta pueda filetear la piel de un cerdo.

Joder, cualquiera lo haría. Sobre todo cuando ves que la que ahora ocupa tu anterior escaño es Yoko Ono. Una cosa es aceptar la derrota y sus consecuencias; otra muy diferente es tolerar las sonrisitas que Iglesias y Montero se dedican en pleno Congreso. Esa humillación es lacerante. No hay más. Punto. Y después encima contén tus celos. Controla tu cabeza, que seguro que viaja con ellos hacia su opulento chalet, hacia su hermoso jardín, hacia una cama en la que no cabes. Qué cojones: yo también hubiese movido ficha para largarme con otra. Yo también hubiese buscado consuelo en el abrazo de Carmena, que sí que me entiende. Que a su edad comparte conmigo la modernidad de la política española, basada en la transversalidad. ¿Cómo voy a negarme a su propuesta después de tanta ofensa? Luego sólo tendré que amolar el arma antes de acostarme. Me aseguraré de que su punta pueda filetear la piel de un cerdo. Por la mañana amaneceré descansado; la conciencia tranquila tras un sueño reparador. Entonces cogeré la daga. Bueno, mejor que sea un machete. A tomar por saco: la espada. Eso es. Cogeré la espada, oculta bajo la almohada – ¿una espada bajo una almohada? – con la que habré conversado toda la noche. Me acostumbraré a su empuñadura, la blandiré tal y como lo haré bajo la estatua de Pompeyo, llegado el momento. A sus pies será donde cometa la masacre del César, a ojos de senadores y patricios. Delante del mundo entero. Porque a pesar de que esto fuese la crónica de una muerte anunciada, por mucho que le dijeran a Pablo se cuidara de los idus de marzo, el muy endiosado jamás pensó que su mejor amigo le pondría los cuernos. Antes de que cubra su desgracia con su capa, fijo que me suelta el interrogante.

– Bruto, ¿tú también, hijo mío?

– Hombre, pues claro.

Nos ha jodido.

 

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Los autores

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Fliten es nuestro pequeño proyecto. Es el resultado de compartir vida con alguien que también alberga inquietudes creativas. Un espacio donde publicaremos lo que nos dé la gana sin rendir cuentas a nadie. Peti Collage es la artista que usa sus propias manos para elaborar imágenes imposibles. Joan Ramis es el redactor que escribe todos los artículos que pueblan este blog.