Colega, ¿dónde está mi doble?

Me apeé del autobús con la firme intención de encontrarme a mí mismo, por muy surrealista que suene el propósito. Salté sobre el asfalto, me arrimé el macuto al hombro y respiré hondo. Hice visera con la mano para proteger mis ojos del sol castellano que castigaba la ciudad de Astorga.

Encuentra el camino, una obra de Peti Collage
Encuentra el camino, una obra de Peti Collage

El muy cabrón del astro refulgía allá en lo alto, a las doce en punto del mediodía. Brillaba en su cénit con los destellos de una sonrisa Profident, riéndose del novato que cargaba con una mochila rebosante de expectativas. Me habían dicho que el Camino de Santiago era una ruta de encuentro, un itinerario de confluencia para mareas de personas procedentes de geografías dispares. Me lo habían dicho, es verdad. Pero los experimentados peregrinos que inundaron mis oídos de consejos obviaron comentarme que, durante las horas previas a mi marcha, me sentiría más perdido que un piojo en una peluca. El trayecto que separaba la estación de autobús de mi primer albergue era breve, tan corto como lo puede ser un ligue veraniego. Sin embargo, tardé una eternidad en recorrerlo; las piernas me temblaban como flanes. Estaba cagado.

Y mi objetivo estaba claro: debía dar conmigo mismo a lo largo del Camino.

Mi alarma tronaba todos los días antes de que el sol empezara a descojonarse de nuevo. A descojonarse de mí, por supuesto. No quería que el primer sonido del día, aparte de ronquidos y toses ajenas, fuese la carcajada de la esfera anaranjada que emergía tras la línea del horizonte. Un horizonte que, dicho sea de paso, se puede divisar con absoluta claridad cuando marcas tu suela sobre la estepa leonesa. Deambulaba por paisajes que se extienden hasta donde la alcanza la vista y que, a ratos, evocaban las imágenes que atesoro en mi mente tras haber leído Cumbres Borrascosas. Bueno, tal vez los páramos de Yorkshire están pintados de un verde más vivo. Es cierto. Pero en mis primeros días quise creer que Catherine y Heathcliff – vaya par de perturbados – vivieron su peligroso romance en territorios semejantes a los que yo pisaba. Por esos derroteros paseaba mi imaginación mientras yo me buscaba a mí mismo, mientras el sol se partía de risa viéndome sufrir a cada paso. Desde ahí arriba. Medio escondido. Instalado entre algodones. Es lo que tienen las alturas: proporcionan una sensación de superioridad que subyuga a los liliputienses en pos de objetivos inasumibles.

Y mi objetivo estaba claro: debía dar conmigo mismo a lo largo del Camino.

Desde el principio, me afané tanto en la búsqueda de mi propia persona que perdí toda noción de la orientación. Me dedicaba a seguir a la masa aborregada que había quedado con Santiago al final del periplo, pero no sabía ni dónde me encontraba ni adónde me conducían mis piernas. Lo único que me interesaba era distinguir mi propio rostro entre la procesión de extraños que caminaba a mi alrededor. ¿No dicen que en el Camino de Santiago te encuentras a ti mismo? Pues ahí estaba yo, paranoico como un tarado que padece manía persecutoria. Acechando a mi doble; ojo avizor. Agazapado detrás de los arbustos, oculto entre la maleza, parapetado bajo puentes vetustos. Me había encomendado la misión de descubrir el paradero de Joan Ramis, y no iba a fallar. Si ese hallazgo encerraba la clave para que mi vida diese un vuelco de 180 grados, tal y como me habían asegurado, valía la pena reptar por la tierra húmeda, chapotear en arroyos helados, husmear entre heces de vaca.

Y a pesar de todos mis esfuerzos, ni rastro. A la mierda la sombra de Peter Pan.

Me acercaba a los corrillos, sacaba una fotografía de carné donde aparecía yo y preguntaba si me habían visto.

Mis pesquisas estaban resultando estériles; no hallé pista alguna sobre mi gemelo en lo que iba de viaje. Cada día tenía la sensación de vislumbrarlo entre la romería de autómatas que arrastraban las pezuñas bajo un sol de justicia. Sí, de justicia. Porque ni siquiera cuando me adentré en Galicia, donde Lorenzo tiene la costumbre de ocultarse tras el velo de las nubes, la jodida estrellita tuvo la clemencia de retirarse a sus aposentos celestiales para favorecer mi travesía. Ni una pizca de sombra, ni una llovizna agradecida. Nada. El hijo de puta pendía de un azul impropio del norte. Desde que Galileo Galilei afirmó que todo giraba a su alrededor, siempre reclama protagonismo. Siguió burlándose de mí a una distancia de 150 millones de quilómetros. Desgraciado. A ver si tienes los arrestos de bajar aquí para reírte de mis aspiraciones.

Sus risotadas se me hicieron más insoportables cuando empecé a acosar a la gente. Sí, tal cual lo acabo de decir. Me acercaba a los corrillos, sacaba una fotografía de carné donde aparecía yo y preguntaba si me habían visto. Es decir: si habían creído ver al de la imagen. Las expresiones de los interpelados transitaban entre la estupefacción y la lástima; su mirada alternándose entre la instantánea y mi cara para luego girar sobre sus talones y marcharse. ¿Qué tramaban? ¿Pretendían evadirme? Pues seguí haciéndolo; no podía quedarme de brazos cruzados porque mi organismo me mortificaba. La impaciencia que dormitaba en mi fuero interno emitía descargas eléctricas por todo mi cuerpo. Era como si me hubiera tragado una anguila. Si no actuaba, si no hacía todo lo que estaba en mi mano para encontrarme, mi sistema nervioso me azotaba un latigazo que me hacía caer al suelo. Revolcarme. Rebozarme de polvo. En una ocasión, casi llamaron a un cura cuando me vieron haciendo la croqueta bajo el follaje de un bosque de eucaliptos.

En fin. Un desastre.

En el Monto do Gozo, pude divisar las agujas de la catedral de Santiago recortadas contra el cielo. La gente se fundía en abrazos. Vítores, puños en alto. Cataratas de lágrimas rodando por mejillas cuarteadas por la intemperie. Estaban a un paso de lograr su hazaña y paladeaban los instantes finales; la última porción de tarta antes de atacar la guinda. Mientras que yo – los dientes apretados, crispado de manos – había sido incapaz de encontrarme a mí mismo. Veía la meta y no me apetecía cruzarla, razón por la que me refugié en un restaurante del centro; quería procrastinar mi fracaso antes poner un pie en el Obradoiro. Entré en el local, elegí una mesa cualquiera y el camarero me sirvió una tabla de pulpo marca de la casa: rodajas bien finitas salpicadas con pimentón sobre una suave cama de patatas. Todo regado con una jarra fría de cerveza. ¿Me merecía un premio así después de un revés tan duro? Pinché una lámina de pulpo con el tenedor, la estudié como si fuera falsa. Y no sé por qué, en ese preciso instante, reparé en algo a través del rabillo del ojo. Ladeé la cabeza hacia un espejo que revestía una columna y me vi. Por fin. Ahí estaba yo, mirándome de soslayo entre una humareda de vapor. Con la boca abierta a punto de degustar las mieles. Menudo bastardo. Llevo días buscándote y te encuentro en el último suspiro. Dándote un homenaje, con la fatiga marcada en tu rostro. Casi ni te reconozco. Entonces sonreí, cansado.

El sol se había escondido.

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Los autores

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Fliten es nuestro pequeño proyecto. Es el resultado de compartir vida con alguien que también alberga inquietudes creativas. Un espacio donde publicaremos lo que nos dé la gana sin rendir cuentas a nadie. Peti Collage es la artista que usa sus propias manos para elaborar imágenes imposibles. Joan Ramis es el redactor que escribe todos los artículos que pueblan este blog.