Hijos de las madres

No todas las opiniones son respetables. Eso es así.

Yo me cago en la creencia generalizada que dice que por el mero hecho de ser personas – en principio respetables -, nuestras opiniones también sean dignas de serlo. Nada más lejos de la realidad. El derecho a la libertad de expresión no incluye en ninguno de sus artículos cláusula alguna a favor de esta premisa. Somos libres de emitir criterios, por supuesto. Sin embargo, eso no quiere decir que mi apreciación sobre un tema determinado sea tan válida como la de un verdadero entendido. Uno tiene que hablar con conocimiento de causa.

Flores para volar, una obra de Peti Collage
Flores para volar, una obra de Peti Collage

Yo puedo largar tanto como quiera sobre la alimentación del australopithecus que habitaba en las zonas tropicales de África hace 3,9 millones de años. De acuerdo. No obstante, ¿conozco el tema? Ni por asomo. ¿Tengo alguna idea sobre el mismo? Ni pajolera. ¿He abierto algún libro relacionado con el asunto en cuestión? Qué va. ¿Estuve en África en esa época? Pues ahora que lo pienso, no.

¿Entonces no sería mejor – digo yo – escuchar al antropólogo?

Toda esta perorata con ínfulas filosóficas viene a cuento porque el otro día vi Roma, de Alfonso Cuarón – vaya punto de giro -, y en algún lado leí que si no había vivido en esa colonia de Ciudad de México, sería incapaz de absorber la esencia de la historia. Esta negación tan categórica dio paso a un debate interno al que le sigo dando vueltas tras haberla visto. ¿He estado alguna vez en Roma? En la capital italiana, sí; en ese vecindario mexicano, no. ¿Entendí el film a pesar de todo? Yo diría que sí, pero seguro que me perdí muchas cosas. De ahí que me lance a hablar sobre la última película de Cuarón sin conocer bien la materia que abordo. De ahí que mi opinión, fruto del desconocimiento, sea tan respetable como la de un mejillón.

Es la narrativa visual empleada por el director lo que convierta a Roma, más que en una buena película, en toda una experiencia.

Roma es un recuerdo vestido de homenaje, un tributo a las dos mujeres más importantes de la vida de Cuarón. El cineasta ha escarbado hasta lo más profundo de su memoria para rescatar las remembranzas de su niñez. Ay, la niñez. Esa época en la que tienes que estirar el cuello para hacerte oír, cuando los adultos que te sacan algunas cabezas se erigen como figuras a quienes admirar. Personas de las que aprender. En el caso del director mexicano, las dos heroínas de su infancia fueron aquellas que tuvieron que tirar del carro familiar a lo largo de un camino accidentado. Y es que la cinta, al fin y al cabo, es un canto al matriarcado en medio de tiempos convulsos. Con un padre que falta a sus responsabilidades paternas en aras de un escarceo amoroso – una aventura que lo lleva a abandonar a los suyos -, el peso de la carga lo arrastran una madre despechada y una criada que, impelida por la situación, agarra el timón de la nave con dulce firmeza. Una narración que viene a contar las vicisitudes de la vida misma con un telón de fondo agitado. A principios de los setenta, México era un hervidero de protestas estudiantiles en contra del gobierno de Echevarría. Un enclave donde las desigualdades sociales explotaban en el seno de la vida doméstica, en el abismo económico marcado por las fronteras entre barrios.

Un contexto que era caldo de cultivo para todo tipo de revueltas y represiones.

En esas aguas te sumerge Cuarón. Turbulentas. El argumento central que vertebra la historia bascula entre la intimidad de un hogar destruido y el panorama de un país alterado. Un paralelismo acertado, sin duda; como si los problemas de una familia acomodada produjeran una onda expansiva que estremeciera a toda una nación. Pero es la narrativa visual empleada por el director lo que convierta a Roma, más que en una buena película, en toda una experiencia. El realizador apela al blanco y negro en una regresión al neorrealismo; su máquina del tiempo pretende demostrar la rutina familiar tal cual debía ser, como si le hubiese hecho un pantallazo a sus recuerdos para luego materializarlos ante la cámara.

Su discurso es tan privado, tan íntimo, que tratar de diseccionarla para indagar en sus entrañas es casi una profanación.

Una cámara que, manejada por el propio director – El Chivo Lubezki no pudo hacerse cargo de la fotografía -, interpreta un papel primordial en el desarrollo de la película. El objetivo de Cuarón es un invitado que sigue a los protagonistas que pueblan el film a lo largo de todo el metraje. Hay secuencias en las que parece que estoy sentado en un sillón de esa casa aburguesada para observar lo que acontece ante mis ojos: los personajes entran por una puerta, se mueven por la estancia con absoluta naturalidad, salen de cuadro durante unos segundos, vuelven a aparecer para decir algo. Una poesía con un código narrativo único cuyo sonido ambiente, lejos de pasar desapercibido, se convierte en un elemento evocador.

El autor de Hijos de los hombres y Gravity ha parido su obra más personal, eso está claro. Se ha alejado de los atributos técnicos que definen sus anteriores cintas – su estilo camaleónico le convierte en inclasificable – para fotocopiar su memoria valiéndose de cierta austeridad. Pocas películas se asemejan a Roma; su discurso es tan privado, tan íntimo, que tratar de diseccionarla para indagar en sus entrañas es casi una profanación. Pero me he visto obligado a hacerlo por una razón muy concreta. Puede que no compartiera mi infancia con Alfonso Cuarón. Es posible que la historia de México no sea mi fuerte. Tal vez no sufriese «El Halconazo» en primera persona y que en mi casa no hayamos tenido sirvienta. Por otro lado, que me parta un rayo si no sé lo que significa haber sido criado por dos mujeres. Ya puedo desaparecer de la faz de la Tierra si no he aprendido nada sobre la maternidad en sociedades retrógradas. Que nadie me prohíba hablar de la ausencia paterna cuando la conozco in situ. ¿Por qué demonios no podré entender una película que retrata el amor de dos madres? Ah, es verdad. Será porque no he vivido nunca en la colonia de Roma.

Qué importará lo que yo piense sobre el australopithecus.

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Los autores

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Fliten es nuestro pequeño proyecto. Es el resultado de compartir vida con alguien que también alberga inquietudes creativas. Un espacio donde publicaremos lo que nos dé la gana sin rendir cuentas a nadie. Peti Collage es la artista que usa sus propias manos para elaborar imágenes imposibles. Joan Ramis es el redactor que escribe todos los artículos que pueblan este blog.