Enfunda la pistola, Abascal

Si Shakespeare decidió subir el telón de Hamlet soltando que algo olía a podrido en Dinamarca, hoy me gustaría emularlo para decir que algo huele a muerto en España. Un hedor intolerable que, con el correr de los años, ha ido derramándose por las laderas de la sierra de Guadarrama como un alud grabado a cámara lenta.

Enfunda la pistola, Abascal. Una obra de Peti Collage
Enfunda la pistola, Abascal. Una obra de Peti Collage

Una avalancha parsimoniosa, invisible e inexorable que ha arrastrado consigo el tufo que destilan los que ya han estirado la pata. El tsunami que cargaba con esa peste ha desembocado en pueblos y ciudades como los ríos llegan al mar. Se ha estancado entre calles y parques, en cafeterías y colegios. Y lo peor es que buena parte de la población no le hace ascos a la fragancia; es más: algunos se duchan con ella antes de salir de casa. ¿Para qué vamos a achicar agua cuando nos encanta nadar en la suciedad que emana del Valle de los Caídos? Porque de ahí procede el olor, de los despojos de un puerco que siempre ha caminado entre los vivos. Añorado por unos, detestado por otros.

Lo relevante es que haya un santuario donde venerar la figura de un imbécil que fue muy peligroso.

El aroma fétido que exudan los restos de Franco se percibe a leguas; mucho tiempo ha pasado desde la última vez que la reina, tal y como indica la canción, le frotó el culo con Ariel. La losa de 1500 kilos que protege la tumba del tirano no es aislante suficiente para que algunos podamos quitarnos las pinzas de la napia. ¿No os habéis fijado en eso? A día de hoy, las dos mitades en que se divide el país se diferencian a partir de ese rasgo. Los que no soportan la pestilencia se enfundan mascarillas o se aprietan las aletas de la nariz con tenazas; van por la vida reprimiendo vómitos, cubriéndose la boca con pañuelos. Y luego están los otros, aquellos que empiezan la jornada hinchando sus pulmones con el aire nauseabundo que infecta el territorio. Seguro que los habéis visto: cierran la puerta de su hogar con «la Rojigualda» ceñida a la muñeca, se dirigen a su coche canturreando la letra de Marta Sánchez y, antes de subirse al vehículo, echan un vistazo a la calle. Cierran los ojos e inspiran. No pueden disimular una sonrisilla. Me encanta el olor a cadáver de Franco por la mañana. Entonces el aguilucho extiende sus alas sobre la nación, ensombrece todos los rincones de España con su vuelo y el amanecer se tiñe de mierda.

El Decreto que expresa la exhumación del dictador ha levantado ampollas entre la derecha más carca, eso está claro. Los ídolos son intocables y punto, no hay más que hablar. ¿Qué más da que el Generalísimo pusiera coto a nuestras libertades y que sumiera al país en un retraso irrecuperable? ¿Qué importará que la superficie de España parezca un queso Gruyère con tal cantidad de fosas comunes? Aquí lo relevante es que haya un santuario donde venerar la figura de un imbécil que fue muy peligroso. Por eso no me extrañaría que, llegado el día, sus seguidores más abnegados se encadenaran junto a la tumba del Caudillo para impedir que lo desentierren. Se apropiarán del eslogan “No pasarán” y el operario que maneje la grúa – menuda faena, el pobre – tendrá que llamar a su otro colega.

El de la apisonadora.

El jodido de Santi Abascal apostado como un centinela frente a la sepultura del que tenía voz de corneta llorona.

Pero ahí estará Santi Abascal para poner a raya a los que pretenden romper la unidad; no hay nada de lo que preocuparse. Santi llegará antes que nadie al Valle de los Caídos, a poder ser a lomos de ese corcel del que tanto presume en redes sociales. Bien agarrado a las riendas, con su habitual porte gallardo. Entrará en la basílica y montará guardia ante la tumba de Paco para que nadie la toque. No os atreváis, coño. Quietos todos. Tú, esas manos. Dejadme a mí que yo sé lo que hay que hacer. Ayer por la noche me visitó el espíritu de Franco y me dijo que yo tomara el relevo, que por mis venas corre la sangre de los salvadores de la patria. Soy el baluarte que defenderá los intereses de los españoles, desciendo de una estirpe que militó en los tercios. El tejido de mi escroto está cosido con la piel del toro de Osborne. Ya os digo yo que a Franco no lo extirpan de esta tierra santa ni con fórceps.

Claro que sí, de ahí no habrá quien lo mueva. Me lo puedo imaginar sin problemas. El jodido de Santi Abascal apostado como un centinela frente a la sepultura del que tenía voz de corneta llorona. Los ojos inyectados en sangre, la mano presta a empuñar la Smith and Wesson que le cuelga del cinto ante cualquier movimiento en falso. Puto loco de los cojones. ¿Y el hedor, Santi? ¿Cómo puedes estar todo el día custodiando un saco de excrementos hediondo? ¿Acaso te has vuelto inmune? Qué tontería. ¿Inmune a qué? Si a este lo que le gusta es el perfume rancio que brota de ese hoyo. Aunque mejor ya me voy callando, que no hay nada peor que dar pábulo a un sujeto de su talla. Parece que España está llena hasta la bandera de individuos de su ralea.

Una bandera, por cierto, infestada de mocos.

Leave a reply:

Your email address will not be published.

Site Footer

Sliding Sidebar

Los autores

Los autores

Fliten es nuestro pequeño proyecto. Es el resultado de compartir vida con alguien que también alberga inquietudes creativas. Un espacio donde publicaremos lo que nos dé la gana sin rendir cuentas a nadie. Peti Collage es la artista que usa sus propias manos para elaborar imágenes imposibles. Joan Ramis es el redactor que escribe todos los artículos que pueblan este blog.