Interrupción narrativa

Aquella noche me costó trabajo conciliar el sueño. Sabía que al romper el alba ya nada volvería a ser como antes. Cada acción rutinaria, cada costumbre interiorizada, cada ritual mecanizado iba a despojarse de su capa de significación para ponerme la vida patas arriba. Todo parecía carecer de sentido.

Interrupción narrativa, una obra de Peti Collage
«Interrupción narrativa», una obra de Peti Collage.

Presa del vértigo a la incertidumbre, me arrebujé bajo la manta y abracé la maldita almohada. Un gesto pueril que seguro debía conferirle patetismo al cuadro. Mis ojos vagaban errantes por la oscuridad de la estancia en busca de no sé qué, resueltos a no cerrarse. Tuve que recurrir a las pastillas para lograr que claudicaran en su empeño. Entonces la penumbra inundó mi mente y la Muerte tocó las puertas de mi conciencia. En ningún momento le di permiso para entrar; jamás le extendí una invitación ni le proporcioné las coordenadas de mis pesadillas. Mándame ubicación que te doy un sustito, no te jode. Pero ella campó a sus anchas por mis pensamientos como suele hacerlo por el mundo: como Pedro por su casa. Tal vez percibió la vulnerabilidad de quien está malherido para instalarse en mi cabeza. Olió mi descuido: la guardia baja, la alarma sin conectar, la ventana entreabierta. Tan sólo me faltó dejarle comida en el horno y una notita que rezara algo así como “te quiero” o “compra leche”. No me extraña que se frotara las manos ante tamaña cagada. Adelante, doña Aguafiestas. Póngase cómoda y deposite la guadaña en el paragüero. Me cago en su calavera.

Mi dormitorio ya no era un dormitorio; era un aparcamiento al aire libre.

La muy puta se deslizó dentro la habitación sigilosa como una pantera. Juguetona, esbozó media sonrisa al verme con un hilillo de baba colgando de la comisura de los labios. Se relamió ante la indefensión de su víctima, levitó hasta el catre donde yacía y se inclinó sobre mí. Proyectó su aliento insípido hacia mi rostro y acercó una zarpa huesuda a mi boca. No llegó a tocarla. Sus dedos rozándome y yo roncando cual gigante en su cueva. Cuando se arrellanó en la cama, sentí hundirse el colchón bajo el peso del que se ha marchado. Ese mismo cuya ausencia ha dejado un vacío eterno que ni con alaridos desesperantes puede llenarse. Con la voz quebrada me dormí ese día de tanto desgañitarme, y afónico me encontró la Muerte cuando me zarandeó por los hombros.

Entorné los párpados a duras penas; casi tuve que tirar de cremallera para abrirlos. Vista nublada, visiones confusas. Debió de transcurrir un siglo hasta que mis ojos asimilaron lo imposible como parte integrante del paisaje. Mi dormitorio ya no era un dormitorio; era un aparcamiento al aire libre, recién asfaltado, donde apenas había coches estacionados. Una brisa ligera hacía susurrar las hojas de un plátano inmenso, solitario, cuyo ramaje ofrecía amparo a un chaval que pateaba una pelota de plástico azul. Ese niño era mi hermano en abril de 1991. La escena descrita fue el marco prosaico en el que nos conocimos. Aquel día no supe atisbar ese encuentro como el preludio de un viaje largo al que le aguardaba un desenlace abrupto. Un periplo en el que nos embarcamos juntos sin brújula ni mapa. Sin saber adónde nos dirigíamos.

En cada imagen, en cada fotograma, aparecía el mismo denominador común: mi hermano.

Al final será verídica la teoría sostenida en determinados círculos, aquella que dice que en los estertores de tu vida se proyecta un vídeo que resume lo mejor del partido. Los highlights de tu existencia. Un dramón de cojones que echan en la antesala de lo inevitable. Ese fue el programa que la Muerte confeccionó para mí esa noche: un desfile lacrimógeno de recuerdos oxidados. Y yo sin pañuelos en la mesita. Joder. Fue así como una cinta de celuloide preñada de fotografías en color sepia – ni que la Muerte tuviese Instagram – se extendió por mi memoria. Y en cada imagen, en cada fotograma, aparecía el mismo denominador común: mi hermano. Se rompió la presa y los recuerdos manaron a borbotones por mi mente. Rebotaban en las paredes de mi cráneo y se multiplicaban en cada colisión.

Mi hermano desternillándose de risa y aplaudiendo en el sofá de casa; mi hermano tocando un timbre y saliendo escopetado calle abajo; mi hermano sin pasar el balón con las botas impregnadas de arena; mi hermano en la oscuridad de un cine interrumpiendo el silencio de la sala; mi hermano paseando a sus perros por una calle anónima de Madrid; mi hermano lanzando huevos como si fuesen proyectiles de guerra; mi hermano garabateando en una libreta con el móvil pegado al oído; mi hermano atacando una ensalada de garbanzos riendo a mandíbula batiente; mi hermano atrincherado en sus argumentos sobre cómo son las cosas; mi hermano atusándose las greñas frente al retrovisor del copiloto; mi hermano colándose en el esqueleto de una vivienda aún en obras; mi hermano rodeándome con su enorme brazo para tranquilizarme; mi hermano ofreciéndome un canuto en nuestra mesa del parque; mi hermano bajando la rampa de mi garaje como una exhalación; mi hermano intercambiando cromos con la boca llena de golosinas; mi hermano bebiendo cerveza con una línea de espuma adherida a su bigote; mi hermano dando brincos en medio de un concierto; mi hermano abriendo una ventana para celebrar un gol del Barça; mi hermano pintando un grafiti en una pared desconchada; mi hermano ejerciendo su profesión con la cámara al hombro; mi hermano en la campiña verde encaramado a la rama de un almendro.

Hasta que la rama crujió – cómo no-, demasiado frágil para soportar su carga. La dichosa ramita cedió y lo mandó todo a hacer puñetas. Una muesca indeleble en la narración vital del que escribe. Mi hermano se precipitó al abismo y yo estaba maniatado. Impotente.

Sólo tuve tiempo de alargar el brazo hacia la nada que flotaba en la habitación. De nuevo me rodeaban las tinieblas, de nuevo mis ojos de par en par. La brisa del día en que nos conocimos se había recrudecido hasta convertirse en vendaval. Se filtró en la habitación para hacerlo todo añicos.

Me levanté de la cama. Cerré la ventana. Seguí viviendo. El mundo había cambiado para siempre.

5 comments On Interrupción narrativa

  • Bien escribo esta pequeña reseña sólo para decir.te,que me ha gustado y que sabía muy certeramente que tu hermano sería parte importante en este primer escrito de tu nueva andadura ,he disfrutado leyendo tu primera narración.

    • Joan Ramis Boscana

      Gracias por tus palabras, Marga. Esperamos que también te gusten el resto de artículos que tenemos en el horno y que están por llegar.

      Un abrazo.

  • Magnífico,impecable y emotivo. Me encantó leerte. Felicidades!

    • Joan Ramis Boscana

      Qué bien que te guste, Susana. Seguiremos publicando distintos artículos de otras temáticas a lo largo de esta semana. ¡Esperemos que nos sigas! Un beso

  • En algún momento,en cualquier lugar escribí “claqueta y fin de mi historia.” Me equivoqué. Su presencia interminable continúa viva en un faro que alumbrará mientras dure su memoria. El viaje a Itaca es mas corto cuando encuentra un referente donde reposar y reir. Un referente,el faro, al que un hermano ha llamado Fliten..

    “Pide que el camino sea largo.
    Que muchas sean las mañanas de verano
    en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
    a puertos nunca vistos antes “…….

    “Ten siempre a Ítaca en tu mente.
    Llegar allí es tu destino.
    Mas no apresures nunca el viaje.
    Mejor que dure muchos años
    y atracar, viejo ya, en la isla,
    enriquecido de cuanto ganaste en el camino
    sin aguantar a que Ítaca te enriquezca. “

    En este momento, en este lugar, y desde la penumbra de la vida, gracias por lo perdido y gracias por lo encontrado.

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Los autores

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Fliten es nuestro pequeño proyecto. Es el resultado de compartir vida con alguien que también alberga inquietudes creativas. Un espacio donde publicaremos lo que nos dé la gana sin rendir cuentas a nadie. Peti Collage es la artista que usa sus propias manos para elaborar imágenes imposibles. Joan Ramis es el redactor que escribe todos los artículos que pueblan este blog.